Recuerdo otro 31 de octubre.
Llovía.
Llovía mucho y hacía frío, porque en aquellos días llovía y hacía frío cuando tenía que llover y hacer frío. Y no como ahora.
Yo, sin embargo, estaba empapada en sudor y los dolores eran insoportables.
Por aquel entonces no había calmantes para aliviarme, como mucho un palo para morder y una cierta permisividad en lo que a insultos contra Dios se refiere.
Me pasé 15 horas sudando, sufriendo, sudando, sufriendo. Maldiciendo.
Hasta que se dignó a venir al mundo.
Gordita, fea, arrugada. Sucia.
De eso hace 57 años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Y me sigue doliendo como si hubiera sido ayer.
No entiendo por qué se celebran los cumpleaños de los hijos, la verdad. Lo que debería celebrarse es el valor de las madres, su tolerancia al dolor, su capacidad para pasar por un infierno de calambres, sangre y gritos para que el resultado final sea una pasa jugosa y maloliente que te dará un disgusto tras otro.
Les das la vida, los alimentas, los vistes, tratas de educarlos, y ellos se cagan por todas partes, vomitan, te contestan, se escapan de casa a la hora de la siesta y al final te dan tres nietas que se dedican al terrorismo contra la tercera edad.
Hoy debería celebrarse mi grandeza y no el que mi hija esté cada vez más cerca de los 60. Los regalos deberían hacérmelos a mí, la fiesta debería ser en mi honor. Pero como mucho podré aspirar a un trozo de tarta.
Pues nada, hija. Que sepas que todavía te guardo rencor por las estrías, las varices y demás lindezas del embarazo, aunque me consuela saber que tú pasaste por lo mismo.
Tres veces.
¿No fue divertido, verdad? Pues prepárate. Porque a partir de ahora las cosas irán de mal en peor.
FELIZ CUMPLEAÑOS. 
Llovía.
Llovía mucho y hacía frío, porque en aquellos días llovía y hacía frío cuando tenía que llover y hacer frío. Y no como ahora.
Yo, sin embargo, estaba empapada en sudor y los dolores eran insoportables.
Por aquel entonces no había calmantes para aliviarme, como mucho un palo para morder y una cierta permisividad en lo que a insultos contra Dios se refiere.
Me pasé 15 horas sudando, sufriendo, sudando, sufriendo. Maldiciendo.
Hasta que se dignó a venir al mundo.
Gordita, fea, arrugada. Sucia.
De eso hace 57 años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Y me sigue doliendo como si hubiera sido ayer.
No entiendo por qué se celebran los cumpleaños de los hijos, la verdad. Lo que debería celebrarse es el valor de las madres, su tolerancia al dolor, su capacidad para pasar por un infierno de calambres, sangre y gritos para que el resultado final sea una pasa jugosa y maloliente que te dará un disgusto tras otro.
Les das la vida, los alimentas, los vistes, tratas de educarlos, y ellos se cagan por todas partes, vomitan, te contestan, se escapan de casa a la hora de la siesta y al final te dan tres nietas que se dedican al terrorismo contra la tercera edad.
Hoy debería celebrarse mi grandeza y no el que mi hija esté cada vez más cerca de los 60. Los regalos deberían hacérmelos a mí, la fiesta debería ser en mi honor. Pero como mucho podré aspirar a un trozo de tarta.
Pues nada, hija. Que sepas que todavía te guardo rencor por las estrías, las varices y demás lindezas del embarazo, aunque me consuela saber que tú pasaste por lo mismo.
Tres veces.
¿No fue divertido, verdad? Pues prepárate. Porque a partir de ahora las cosas irán de mal en peor.
FELIZ CUMPLEAÑOS.
